La obra
“El vicio del barro” es un ensayo de la historiadora e investigadora Natacha Seseña. En él nos describe la extravagante moda de la opilación y la bucarofagia (comer barro; ingerir búcaros) en la España barroca, así como su origen y desarrollo.
La obra se estructura en siete capítulos, englobando los búcaros de “Las meninas”, los inicios árabes y su uso en la corte española. Se acompaña de una serie de anexos con documentación sobre los búcaros analizados por los médicos, su procedencia, el reflejo en la literatura del Siglo de Oro y su definición en los diversos diccionarios.
Seseña comienza su obra con el sarcasmo mostrado por don Juan de Zabaleta en su libro: “El día de fiesta por la tarde en Madrid” de 1659:
EL VICIO DEL BARRO
Ediciones El Viso. Madrid. 2009
“Apéase a este tiempo de un coche en la puerta de la casa una muger mayor, que tiene el marido en un Govierno en las Indias, y una hija suya doncella opilada, tan sin color como si no viviera. Nadie juzgara que salía del coche para la visita sino para la sepultura. Comía esta doncella barro ¡linda golosina!... Dios hizo a esta muger de barro y ella con el barro se deshace.”
La autora distingue entre la costumbre de comer arcilla en su estado natural o geofagia y la de ingerirla cocida en forma de vasija o bucarofagia.
Para Seseña fueron los árabes los transmisores de la bucarofagia. La nobleza, tanto en la España musulmana como en la cristiana, cayó en la extravagante costumbre por influencia de los usos moriscos. El punto de irradiación se sitúa en Portugal. El país contaba ya en el siglo XVI con unos importantísimos centros alfareros -especialmente en Estremoz- muy estimados en las cortes españolas y europeas.
Posiblemente serían las princesas portuguesas las introductoras de esta manía, cuando partían a otras tierras llevándose consigo su ajuar, por ejemplo, Isabel de Portugal al casarse con Carlos V, lleva en su dote diecisiete búcaros de Montemor-o-Novo, localidad cercana a Estremoz.
Es el cuadro de “Las meninas” [01-03] de Diego Velázquez (1656) donde mejor se muestra esta costumbre. En él la menina María Agustina Sarmiento ofrece a la infanta Margarita un búcaro o barro, verdadero protagonista según Seseña de la pintura.
El misterio de esta obra se concentra en las miradas. Por un lado, unos reyes retratados que se situarían en el espacio que ocupa el espectador, apareciendo -por única vez juntos pintados por Velázquez- Felipe IV y Mariana de Austria, en el reflejo del espejo del fondo. Por otro, la mirada de la infanta Margarita, que parece dirigirse a los reyes pidiendo permiso para tomar lo que se le presenta. Esta invitación es la única acción que centra la obra, el ofrecimiento por parte de la menina María Agustina -de rodillas, como exigía el protocolo Habsburgo- de un búcaro de barro sobre un azafate de oro a la infanta Margarita. Sus ojos un tanto saltones buscan la aprobación de los reyes.
Para Seseña Velázquez conocía el secreto de los búcaros y la bucarofagia presentándolo en dos de sus obras maestras: “Las meninas” y “Las hilanderas” y sabía que se trataba medicamente para curar la pubertad precoz que padecía la infanta.
En cuanto a “Las hilanderas”, [04-05] Velázquez capta un objeto apenas visible, pero presente, semioculto en la vaporosa manga de la hilandera. Esta costumbre de guardarse algo en el hueco entre el brazo y el pecho la tenían las mujeres, sobre todo las del pueblo, no sólo para beber, sino que por la porosidad de la pasta resultaba refrescante en el calor del taller. Esto se refleja también en la literatura, como en “La Dorotea” de Lope de Vega:
DOROTEA: No bebáis tanto
MARFISA: Bueno está, y no pierde [el sabor] por el olor del búcaro.
DOROTEA: Lleváosle, con otros dos que son de la misma tierra.
DOROTEA: Toma muchacha, que es grande para la manga, donde la llevara por estimarle, y si fuera menor le colgara del pecho.
O en “El Acero de Madrid”, donde Lisardo y Leonor se acercan a la Fuente del Acero, en la Casa de Campo:
LISARDO: ¿Hay en qué poder traer aquí? [sáquele de la manga un barro]
Seseña indica que también las monjas comían búcaros y no sólo los ingerían, sino que los fabricaban. Las clarisas se hicieron famosas por la cerámica de pasta olorosa. El perfume de las piezas se conseguía con una mezcla de esencias, resinas vegetales y otros elementos.
Por todo ello los búcaros se consideraron como objetos valiosos, de moda, mostrándolos los artistas en sus obras en lugares destacados, [06-07] junto a vidrios y porcelanas, no interpretándolos como simples “cacharros”.
Hermenegildo Giner de los Ríos explica en 1890 en su obra “Artes industriales” que los barros y búcaros pequeños denominados “brinquiños” además de usarse para beber agua, las señoras después de beber el contenido, comían el recipiente. Los brinquiños se fabricaron con fama en Talavera de la Reina y en Ciudad Rodrigo y consistían en una especie de juguetillos o adornos que se ponían en los brazos y cuellos de mujeres y niños de corta edad, como porta la infanta María Ana [08] en el retrato que le pintó Juan Pantoja de la Cruz y que servían de amuleto contra el mal de ojo. Si éstos morían de poca edad, se enterraban con todos sus brinquiños.
Una de las razones por las que se comían búcaros era para cortar las hemorragias, incluidas las menstruales. La infanta Margarita padecía de pubertad precoz o síndrome de Allbright, caracterizado por pérdidas menstruales a partir de un año, pigmentación cutánea, bocio y ojos saltones.
El comer búcaros producía opilación, es decir, palidez, expresión en ese momento de la máxima belleza; y desaparición del flujo menstrual, o lo que es lo mismo, un intento de método anticonceptivo. Sin embargo, también se utilizaba para todo lo contrario, es decir, para retrasar la menstruación, pues se suponía que de este modo “la materia seminal se mantenía en contacto por más tiempo”, pretendiéndose asegurar la fecundación.
Pero no sólo comían búcaros las mujeres, también se observa en los hombres. En el lienzo de Juan Bautista Martínez del Mazo, “Doña Mariana de Austria, viuda” [09-10] (1666), que se conserva en la National Gallery de Londres, aparece ésta sentada, de luto, y en un segundo plano, se distingue al futuro Carlos II con cuatro años, a quien una doncella ofrece un búcaro.
El uso del búcaro para beber agua fresca y comer el recipiente se refleja como práctica cotidiana en la literatura. Lope de Vega lo cita por ejemplo en “El acero de Madrid”:
Belisa, de haber comido de este barro portugués… sospecho que está opilada
Quevedo en “Casa de locos de amor” apunta:
Unos daban en comer barro para adelgazar, y adelgazaban tanto que se quebraban. Andaban estos más amarillos que los otros
o la canción que recoge Lope:
Niña del color quebrado,
o tienes amor, o comes barro.
Al margen
~ José Moreno Villa indica en su obra “Locos, enanos, negros y niños palaciegos, gente de placer que tuvieron los Austrias en la corte española desde 1563 a 1700” que acabó de reunir sus notas cuando la metralla de los sitiadores de Madrid entraba por la ventana del Palacio Real de Madrid. Se exilió a México y allí recibió la ayuda para publicar la obra en 1939. En ella cataloga a los que se denominaban “hombres de placer”, es decir, locos, enanos, negros y niños. [11] Quince o veinte de ellos fueron retratados por Ticiano, Ribera, Sánchez Coello, Pantoja de la Cruz, Velázquez, Cano o Carreño. Pero la cifra era muy superior ya que Moreno cataloga 123.
Es llamativo como estos reyes se rodeaban de estas “gentes de placer” y todo ese mundo “surrealista” que sería la vida cotidiana de palacio.
~ En el siglo XIX Théophile Gautier en su “Viaje por España” (1843) describe como se utilizaban los búcaros y el hecho de que después se comieran:
Los búcaros son una especie de pucheros de barro, rojo de América, parecidos al de los que forman los tubos de las pipas turcas. Sus formas y tamaños suelen ser muy variados. Los hay con vivos dorados y flores toscamente pintadas. Los búcaros empiezan a escasear porque ya no se fabrican en América, y seguramente dentro de pocos años serán tan escasos como las porcelanas de Sévres. Entonces los tendrá todo el mundo. Para utilizar los búcaros, se colocan siete u ocho sobre el mármol de los veladores o las rinconeras y se les llena de agua, en tanto que, sentado en un sofá, se espera a que produzcan su efecto y con ello el placer que recogidamente se saborea. Los búcaros se rezuman al cabo de un tiempo, cuando el agua, traspasando la arcilla oscurecida esparce un perfume que se parece al del yeso mojado, o al de una cueva húmeda, cerrada desde hace mucho tiempo. La transpiración de los búcaros es tal, que después de una hora se evapora la mitad del agua, quedando la que conserva el cacharro tan fría como el hielo, con un sabor desagradable a cisterna. Sin embargo, gusta mucho a los aficionados. No satisfechas con beber el agua y aspirar el perfume, muchas personas se llevan a la boca trocitos de búcaro, los convierten en polvo y acaban por tragárselos.
~ Cuando observamos un búcaro -barro cocido una vez y por poco tiempo- su delicado brillo [12] nos lleva a pensar en algún tipo de vidriado que contenga estaño. No es así, no se le añade nada. Se consigue alistando, es decir, sacándole lo opaco de lo oreado o expuesto al aire de la cochura, frotándolo con una piedra.
~ Algunos autores, incluida Seseña, aluden a la Fuente del Acero como aquella que se encontraba en lo que, con el tiempo, ha sido la Casa de Campo de Madrid. Eran aguas ricas en hierro razón por la que se iba a la fuente a tomar el agua.
Yo he buscado en las fuentes antiguas de la zona y no la he localizado. Sí aparece la Fuente de la Salud, por ejemplo. Lo que sí he encontrado y es llamativo, es un artículo de Manuel Cornejo sobre la obra “El acero de Madrid” de Lope de Vega. En él Cornejo defiende que su trabazón no debe nada al azar y está basada en una hábil utilización del cancionero y del romancero. El motor de la acción es la falsa opilada que muestra Lope en la reescritura que hace del romance: “Niña, del color quebrado,/o tienes amor, o comes barro”.
Cornejo cita la obra de Griswold Morley, “El acero de Madrid” para indicar que no existió tal fuente, sino que se trata de una confusión con los remedios que se usaban para la enfermedad de la opilación (el consumo excesivo de barro o búcaro portugués para conseguir una tez pálida): “tomar acero, es decir, beber agua en la que se ha hundido una barra de hierro candente; pasear el acero, pasearse por la mañana para mayor eficacia del jarabe”. Morley, basándose en el tratado del doctor Nicolás Monardes, “Diálogo del hierro” de 1574, indica que el acero designaría el agua ferruginosa no una fuente madrileña.
~ La canción que reescribe Lope de Vega para centrar su obra “El acero de Madrid” se basa en un romance anónimo que aparece en la obra: “Flor de varios romances nuevos y canciones” de Juan Pérez de Valdivielso, de 1589.
Niña del color quebrado,
o tienes amor, o comes barro.
Niña que al salir el alba
dorando los verdes prados,
esmaltan el de Madrid
de jazmines tus pies blancos;
tú, que vives sin color,
y no vives sin cuidado,
o tienes amor, o comes barro.
Que salgas tan de mañana
con tal cuidado, me espanto;
estoy por decir, por ti:
eso que comes no es barro,
pues madrugas y no duermes,
y andas por Mayo en el campo;
o tienes amor, o comes barro.
Para saber más
⋅GAUTIER, THÉOPHILE
“Viaje por España”. Editorial Mediterráneo. Madrid. 1944
⋅MORENO VILLA, JUAN
“Locos, enanos, negros y niños palaciegos, gente de placer que tuvieron los Austrias en la corte española desde 1563 a 1700”. México. 1939
⋅MORLEY, S. GRISWWOLD
“El acero de Madrid”. Hispanic Review, 13. 1945
⋅PEREZ DE VALDIVIELSO, JUAN
“Flor de varios romances nuevos y canciones”. Huesca. 1589
2 respuestas
Me ha parecido curiosísima esta historia, no tenía ni idea de tal moda. Deberías escribirle a la autora de este artículo para que la incluya en su catálogo de rarezas pasajeras: https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2022-06-24/ojos-belladona-moda-cojear-tendencias-historia_3446646/
Entre las que por cierto me ha encantado la última, la de la cojera de la princesa Alexandra de Dinamarca 😂
Volviendo al vicio del barro, qué curioso que apenas se conozca el fenómenos pese a la cantidad de poemas donde se menciona y cuadros donde aparece…
😂😂muy bueno lo de El confidencial.
Leí este libro hace ya bastantes años y no podía dejarlo pasar: tenía que dedicarle un espacio en el blog porque la historia me fascinó. No solo se trataba de algo auténtico, sino que además descubrí cómo la literatura y la pintura reflejaban aquella realidad como algo habitual de la época. Y yo, hasta entonces, no tenía ni idea de que hubiera sido así.