Andarán varios días, bajo el frío,
la frontera allá lejos, o ya tal vez muy próxima.
Serán aquellos hombres. Será allí.
Será aquel punto lo que les aguarda.
Severas, casi negras, las encinas heladas
verán pasar la hilera de hombres secos,
de mujeres calladas y de ancianos
y de niños, y perros que jadean.
Una mujer avanzará, abismada,
con los demás. No pensará, querrá,
doloridos los pies sobre las piedras,
no pensar ya, no entrar en lo impensable.
Delante de ella, un hombre llevará
un cordero a la espalda. Blanco, blando,
va con él a lo incierto. La mujer
irá tras ellos en la tarde gris.
Y sentirá el aliento del cordero,
blanco como las nubes indelebles.
Será un aliento férvido, ancho como la vida,
como la muerte y el abatimiento.
Por un instante, nítido, en lo eterno
de todo instante, el animal, piadoso,
mirará a la mujer, y ella lo mirará,
y ambos se mirarán bajo las nubes.
Y el hombre aquel se perderá en las sombras,
en la noche que ciega. Y el cordero.
Y la mujer absorta y su mirada
y el tiempo mismo en la piedad del tiempo.
María Zambrano, 1939
Andrés Sánchez Robayna
La sombra y la apariencia
Editorial Tusquets
Barcelona, 2010
Amparo Climent Corbín es una artista valenciana multidisciplinar. Es pintora, actriz, directora de cine, guionista y activista por los derechos humanos.
Preside la Asociación Cultural Arte y Memoria que impulsa el Festival Internacional de Cine por la Memoria Histórica.
Su obra “María Zambrano” [01] es un óleo de la filósofa que intenta traducir pictóricamente rasgos esenciales de su pensamiento como la interioridad, la memoria, la búsqueda de la luz y la dimensión poética del conocimiento.
La figura ocupa casi toda la superficie presentándose frontalmente y primer plano. Las grandes masas cromáticas dominan, estando el dibujo subordinado al color. No es un entorno real, sino que las manchas definen un espacio atmosférico e indeterminado, resultando llamativo que la iluminación surja desde dentro de la figura.
La pincelada es libre sin perseguir plasmar minuciosamente los rasgos anatómicos, sino buscando el uso del color como lenguaje psicológico.
María Zambrano salió de España hacia el exilio un frío y lluvioso día de enero de 1939.
Cruzó la frontera con su madre, su hermana Araceli y otros familiares. Iba en coche, un hispano-suizo negro, blindado, del gobierno republicano, que días antes había trasladado a Manuel Azaña a Montauban. En el último tramo María identificó entre la multitud a Antonio Machado y su madre. Les invitó a subir. Machado se niega indicando que su lugar está con el pueblo. Zambrano lo acompañará a pie hasta cruzar la frontera.
Años después ella escribía: “El exilio que me ha tocado vivir es esencial. Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. Ha sido como mi patria o como una dimensión de una patria desconocida pero que una vez que se conoce, es irrenunciable”.
La frontera y el exilio perfilaron su vida y su obra. Cuando regresó lo contó y Sánchez Robayna lo expresó en su impresionante poema: “Tuvimos que pasar la frontera de Francia uno a uno…
El hombre que me precedía llevaba a la espalda un cordero, un cordero del que me llegaba su aliento y por un instante, de esos indelebles, de esos que valen para siempre, por toda una eternidad, me miró y yo le miré. Nos miramos el cordero y yo. El siguió y se perdió por aquella muchedumbre, por aquella inmensidad que nos esperaba del lado de la libertad…
No volví a ver aquel cordero, pero ese cordero me ha seguido mirando. Y yo me decía… que no volvería a España sino detrás de aquel cordero. Y luego he vuelto…
Cuando he visto las imágenes que sacaron los fotógrafos que me aguardaban, tan conmovedoras, tan blancas, tan puras, entonces vi que el cordero era yo”.
Efectivamente, tras muchas peticiones para su regreso de la Junta de Andalucía, el Ayuntamiento de Vélez-Málaga -que le ofreció vivienda-, de multitud de intelectuales y, aunque ella había manifestado que le costaba, “es que es terrible volver al cabo de tanto tiempo”, María volvió a Madrid [02] el 20 de noviembre de 1984, vestida con un largo abrigo blanco tras 44 años de exilio, pidiendo ser recibida oficialmente solamente por Jaime Salinas, director general del Libro y Bibliotecas.
Mantiene una actividad intelectual incansable, si bien modera sus salidas por Madrid. En 1988 le es concedido el Premio Cervantes.
Falleció en Madrid, el 6 de febrero de 1991, siendo enterrada en su ciudad natal, Vélez-Málaga, a la sombra de un naranjo y un limonero, en una casita, como ella quiso que se construyera.
Más tarde fueron trasladados allí los restos de su hermana y de su madre.
En su lápida, por deseo suyo, se escribió como epitafio los versos del Cantar de los Cantares: “Surge amica mea et veni”, “Levántate, amiga mía, y ven”. [03]
